Qué tienen en común una casa ardiendo, dos Spider-Man y la teoría de la evolución (o la verdad científica tras el meme)

Qué tienen en común una casa ardiendo, dos Spider-Man y la teoría de la evolución (o la verdad científica tras el meme)
Enabled reading mode

Una niña de pelo corto sonríe con cara de pilla mientras una casa arde a su espalda.

Dos Spider-Man se señalan al reconocerse mutuamente.

Un señor de pelo canoso que sujeta una taza sin saber si reír o llorar.

Seguramente, con solo leer eso, ya has visto las imágenes en tu cabeza. No necesitas más explicación: las has visto mil veces, las has entendido en décimas de segundo, te has reído….Y, sí, muy probablemente las has compartido.

Pero la pregunta aquí no es por qué son tan graciosas o a quién se le habrá ocurrido crearlas sino, ¿por qué se te quedan en la cabeza? Al final, nadie te obligó a reenviarlos, no había recompensa, no ganabas nada y, aun así, tu cerebro dijo: esto tengo que compartirlo.

Si lo piensas, es un patrón que se repite: cambia el formato, cambia la plataforma… pero siempre que algo “se te pega”, aparece esa pequeña urgencia de enseñárselo a otra persona. Casi como si no compartirlo fuera un acto antinatural.

Pues bien, debes saber que no es culpa de las redes sociales o del algoritmo. En realidad, ese “algo” existe desde hace mucho mucho tiempo… ¡Incluso desde hace antes de Internet!

Antes de los meme… Ya había memes

En el año 1976, mucho antes de los smartphones y de las redes, cuando compartir una imagen implicaba fotocopias y mucha paciencia, el biólogo evolutivo Richard Dawkins publicó un libro llamado El gen egoísta. En él defendía una idea bastante provocadora: que la evolución no giraba entorno a los individuos, sino a los genes, que buscaban perpetuarse y durar lo máximo posible, usando nuestro cuerpo como vehículo.

Hasta aquí, todo bien. Pero a mitad del razonamiento apareció un problema incómodo. Si todo se explica por la supervivencia genética… ¿Por qué los humanos hacemos tantas cosas absurdamente poco eficientes? ¿Por qué pintamos cuevas, escribimos poemas, seguimos ideologías o incluso morimos por creencias que no nos dan ninguna ventaja reproductiva? Desde el punto de vista de un gen, todo eso es, como mínimo, sospechoso.

Pues bien, Dawkins encontró una salida elegante (y un poco inquietante): no solo se reproducen los genes. También se reproducen las ideas.

El meme que se copia solo

Según Dawkins, además del genoma tenemos otro gran sistema de transmisión de información: el cerebro. A través del lenguaje, la imitación y el aprendizaje, copiamos ideas de unas mentes a otras constantemente… muchas veces sin darnos cuenta. Y aquí es donde todo empieza a sonar familiar. Porque esas ideas se comportan de forma sospechosamente parecida a los genes: se replican, cambian ligeramente cada vez y compiten entre sí por sobrevivir.

A estas unidades mínimas de información cultural las llamó memes, del griego mimeme (“cosa imitada”), y elegido —detalle nada casual— para sonar parecido a gene. Un meme podía ser una melodía, una moda, una frase, una creencia o un simple gesto. En otras palabras: cualquier cosa capaz de saltar de una mente a otra.

Así que sí: mucho antes de la niña frente a la casa ardiendo, ya había memes circulando. Solo que no llevaban texto en Impact.

Ideas que mueren vs Ideas que triunfan

Claro que no todas las ideas sobreviven. Algunas aparecen, hacen un tímido intento… y desaparecen sin dejar rastro. Otras, en cambio, se vuelven casi imposibles de erradicar.

Para Dawkins, los memes más exitosos son los que conectan con nuestras emociones más básicas: miedo, esperanza, curiosidad, pertenencia. Los que entran fácil, se recuerdan bien y se transmiten aún mejor. Por eso ciertas creencias —como la idea de que existe vida después de la muerte— son memes especialmente potentes. No porque sean verdaderas o falsas, sino porque son ideas tan potentes y profundas que se transmiten fácilmente dentro de la sociedad.

Y, como los genes, los memes evolucionan: cambian de forma según el contexto, se combinan con otros y se adaptan para no desaparecer. Exactamente igual que ese meme que empezó siendo gracioso… y acabó convertido en una plantilla infinita.

El ecosistema “internet”

Durante años, todo esto fue teoría. Hasta que llegó Internet y decidió convertir la memética en un experimento a escala planetaria. De repente, copiar una idea ya no llevaba generaciones, sino segundos. Los memes empezaron a mutar a una velocidad absurda, adaptándose al humor del momento, al contexto cultural y, por supuesto, al algoritmo de turno.

El término meme pasó entonces a designar esas imágenes, vídeos o textos que se viralizan. Pero el mecanismo de fondo seguía siendo el mismo que describió Dawkins décadas antes. Como explicó la psicóloga Susan Blackmore, el problema no es llamar meme a los memes de internet. El problema es pensar que solo existen esos.

Así que tenemos buenas noticias: Cuando compartes un meme no estás perdiendo el tiempo y no estás (solo) procastinando. Estás participando en un proceso evolutivo que lleva miles de años funcionando. Y quizá por eso seguimos compartiéndolos, aunque sepamos que no sirven para nada. Porque, en el fondo, los memes hacen exactamente lo que llevan haciendo desde 1976: buscar otro cerebro donde alojarse.

Preferiblemente el tuyo… y luego el de la persona a la que se lo envíes.

Credits

Post image typography:

Satoshi
Go to top